Mujer es eso

Mujer es esa cosa que represento y que está tan lejos de mí. Una mujer o un hada, o un duende, es siempre lo mismo. Mujer es esa cosa que represento…, qué comentario tan simple, tan dado al eterno tópico. Pero me siento en sus rodillas y en ese preciso momento me he convertido en mujer y en eso que represento, este conjunto de piel, manos y risa que me hacen femenina. Una mujer, qué triste a veces sentirse tan solo una mujer.
Sentirse una media mujer o una mujer a medias. Sentir el amor como la penetración de un cuerpo en otro, he ahí mi eterna debilidad. Soy una mujer a medias, un ser amputado,un defecto natural y sobrenatural cuando me embarco en eso que llamamos deseo, y me doy cuenta de que jamás conseguiré pasar completamente al otro lado, el lado de los gruñidos y del semen, el lado de la violencia dulce y la cara arrugada sobre otro cuerpo pequeño, sea cual sea… Nunca estaré dentro de un cuerpo tan pequeño como el mío ni de ningún otro tan suave, nunca invadiré ni ocuparé físicamente, quizás de ahí mi obsesión por invadir el espíritu.
Así que aquel día, aquel famoso día en que lo tenía tumbado frente a mí en un viejo sofá, me abalancé sobre él y me dije por qué no, por qué no devorarlo hoy, por qué no entrar en esta cosa que en este preciso momento puede serlo todo, otra vez, desde un cíclope a un hombre, o una niña que volvió asustada de la escuela, o un animal cualquiera, pensante o no, un animal o una mujer que me mira con los ojos asustados —tenía los ojos asustados—, y por qué no entrar, qué demonios, aunque solo sea entrar en el sentido más metafísico y ridículo del término, por qué no entrar como quien da una patada a una puerta y empieza a olisquear tras ella. Cuando nos situamos en el terreno de la absurda metafísica todo es posible, los hombres pueden ser sombreros de copa y las mujeres una colina en lo alto de un monte, todo es posible…, todo.
Por eso aquel día, quizás intuyendo que pronto iba a perderlo, quise físicamente devorarlo metafísicamente, y me acerqué muy despacio a él, como de costumbre, apartando suavemente el pelo de su cara y susurrándole despacio los besos —todos los besos— que sabía que nunca podría darle, esos besos que iba a dejarle a deber de por vida, esos que después vendrían a recordarme su ausencia y su falta y su lejanía. Por eso me acerqué despacio a él, susurrándole esos besos sin olvidar los rincones más escondidos de su cara y sin querer decirle nada, tan solo adentrándome muy dentro por su piel —una vez más— y por sus ojos y por su cuello. Entonces exigí un silencio que se cumplió y una quietud respetada, y mi hombre empezó a perder su cara y su cuerpo y permanecía tan quieto y tan sumiso que ni sus ojos pestañeaban, atento, fielmente atento a la danza que marcaban mis manos y el ritmo de mis besos susurrados.
Poco sabemos de nosotros cuando hay un cuerpo debajo del nuestro. Poco sabemos o poco queremos saber, por eso dejé mi nombre y mi vida volar por aquel cuarto, perderse y confundirse con todas las vidas que habrían pasado por allí, con todos los nombres que allí habrían entrado. Se me escapó el nombre y la vida y se quedó desnuda aquella cosa sin nada, con aquel cuerpo debajo, vestido de besos y temblando como una luna en el agua. Poco sabemos de nosotros cuando el deseo y la guerra se han fundido y confundido, cuando pedimos a ese pobre cuerpo asustado las explicaciones que no encontramos en los libros durante toda una vida, cuando aquello no es más que el reflejo de lo que no vamos a poder ser jamás, y entonces nos llega una rabia y un dolor que son el perfume del deseo. Por eso, mientras le susurraba los besos que mañana no podría darle, colgada de las cuerdas —otra vez— que son sus cabellos, le sentí tan débil y tan niña y tan asustado, y me colaba en su cuello para besarle más dentro y me movía sobre él —esta cosa desnuda que era yo—, completamente perdida en la gramática del género y el número, sin sospechar siquiera cuál de los dos era un hombre, ni dónde acababa un cuerpo para dar lugar a otro, sin presentir dónde acababa su vida y comenzaba la mía, sin importarme siquiera el sentido de aquella escena.
Así lo sentí, callado y serio bajo mi cuerpo, así continuaba danzando sobre él, apretándome contra su sexo que podía ser un sexo o tan solo una parte del placer, de aquel placer inquieto de ese momento. Así comencé a abrir sus piernas y alcancé aquel sexo suyo, tuyo, mío, haciéndolo entrar en otro sexo, tuyo, suyo, nuestro, andá a saber, pero ya tenía un sexo dentro del otro y sentía ambas cosas como mías y suyas, sentía un sexo dentro de otro y un cuerpo débil gimiendo de placer bajo mi cuerpo desnudo sin vida y sin nombre. Así también abrí muy despacio sus piernas, sabiendo que eran sus piernas, y el ritual tantas veces conocido invirtió su orden, una inmoralidad, los roles comenzaron a definirse y sentí aquel cuerpo delicado temblar bajo el mío que había conseguido un ritmo natural y que cada vez necesitaba más de aquel otro, pequeño y asustado. Y mi hombre, que seguía siendo mi hombre, tenía sus piernas abiertas y gemía como una gata mientras yo le hacía la guerra entrando y saliendo de él, y podía ver sus piernas a ambos lados de mí y sobre mi cintura, rodeando ese cuerpo desnudo sin vida y sin nombre que era yo, obedeciendo sin protesta a la violencia de este entrar en él sin normas y sin respeto.

Así fue. Sin nombre ni género ni número fue que llegamos a aquello que suele ser el fin, él con sus piernas en el aire y yo cerrada dentro de él. Habíamos llegado sin saberlo al fin, ese fin preciso y delicado donde se han invertido los términos y se han confundido los cuerpos. Así fue que acabamos nuestro viaje insensato, nuestro ir y venir, y nuestro romper límites. Acabamos allí nuestro vuelo, habíamos transgredido el respeto a nosotros mismos, nos habíamos dejado devorar por el otro, habíamos renunciado en aquel asunto a nosotros, respetando hasta el final aquella falta de respeto prometida. Y así fue también que lo miré callada, aún dentro de él, entre sus piernas delgadas, sintiendo la culpabilidad de quien acaba de viajar entre unas piernas abiertas, agotada por el placer inmenso que me proporcionaba reconocerlo como la nada, como un vacío, de nuevo sin género ni número, una cosa cualquiera colgada del techo, descendiendo poco a poco del mundo del deseo y la perversidad consentida.

Debió ser más o menos así, y cuando nos miramos cada uno con los ojos del otro, volviendo poco a poco a nuestro cuerpo y a nuestra piel, comenzamos a llorar, primero en silencio, después sin miedo, lloramos como niños que están naciendo y no saben de dónde vienen, que no saben adónde van.

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