Solo podía

Solo podía ocurrir con él, solo podía. Ese deseo brutal en todas y en ninguna parte, ese deseo, ese llegar a la mística a través del cuerpo, atentando contra dos mil años de tradición cristiana, ese abrir puertas tantas veces discutido, ya cansado, esa incandescencia de la piel sin tocar, esa animalidad, como un perro o un gato o cualquier cosa de cuatro patas en celo parecida a un gato o a un perro, solo podía ser con él, solo podía. Y esa voluntad de hierro para no respetar respetando, en cualquier calle y en cualquier caso, y en todas las esquinas del mundo sentía el deseo voraz de ese pelo y esas piernas y esos ojos, esa carencia de pudor para no abordarle en cualquier pedazo de tierra del mundo, mojada o seca, en el más mísero rincón de esta ciudad, echarme encima de él o sobre su espalda, contra una pared, gimiendo de placer aún sin haberlo tocado, abordarlo como una golfa histérica, o una jirafa, o un cíclope, a saber dónde quedó la vergüenza, pero querer abordarlo con las manos y con los ojos y con la lengua húmeda de sal, ese deseo perruno, ese quererlo todo en cualquier rincón solo podía ser con él, solo podía.
Por eso, mientras yacíamos abrazados en una cama a ras del suelo y yo abría los ojos y lo encontraba entre sueños desnudo frente a mí, quién sabe qué sueños le delatan, por eso, porque lo encontraba desnudo y entre sueños, no podía contenerme y me abalanzaba muy despacio, como si lo quisiera mucho o lo amase un poco, muy despacio y muy suave al principio me abalanzaba sobre él, buceando despacio entre sus piernas, midiendo dulcemente las brazadas para no despertarlo, respirando tan bajito que casi no respiraba, para provocar que fuera él y la naturaleza quien le hiciera abrir los ojos, quién sabe si perturbado por los sueños o por el placer, o a lo mejor soñaba que estaba soñando con el placer en sueños, pero había de despertarse por sí solo, ahí estaba lo más lindo. Entonces era por eso que yo nadaba respirando los jugos y aromas del sueño y de la noche, y descubría cómo olía a algas y a flores, y a veces a cosas que yo no podía saber, como a angustia o a avaricia, e imaginaba que allí, a través de su sexo obediente, podía respirar y saborear las imágenes, como si el sexo no fuese más que un puente entre yo misma y el filme onírico que en este momento se estaba proyectando en la cabeza de él, en cualquier recóndito lugar de su mente ahora apagada en el descanso de una siesta merecida. Y eso solo podía ser con él, ese masticar despacio su piel y ese palpitar del alma con cada respuesta del sexo, dejándose hacer por estas manos pequeñas y esta boca y estos ojos hundidos entre las piernas buscando los olores más exóticos, exprimiendo hasta el último suspiro de ese viaje desconocido del que duerme y sueña cuando está dormido, ese intercambio de saliva y miel solo podía ser con él, solo podía.
Entonces solo podía ser con él, dedicarme en cuerpo y alma a mi tarea de pez, nadando bajito para no despertarlo dormido, respirando con tanta pasión a través de su desnudo, que no podía evitar al fin traerlo al mundo de los vivos, cuando él abría los ojos, despacio, gimiendo en silencio, desorientado en el cuarto y en la cama y entre mis manos tibias, no podía evitarlo, de veras, haber descontrolado mi movimiento de pez entre sus piernas, y él despertaba despacio y agitado y el pecho se le movía porque respiraba fuerte y porque cuando abría los ojos tan solo podía ver una pared y el retrato de una mujer con un perro picassiano, pero sintiendo que alguien buceaba allí abajo, que algún duende o un hada o esos seres de leyenda le estaban tirando de un hilo, y por el hilo fluían y se escapaban todos los sueños que había estado almacenando durante la noche y los líquidos de su cuerpo, sus frutos y el alma, en fin, era que se la estaban robando tirando del hilo y buceando, quién sabe si un pez o un demonio, y él solo acertaba a ver la mujer con el perro, porque no conseguía aún sentir el cuerpo como cuerpo, perdido por tanto placer.
Era solo con él que aceptaba la revuelta, y cuando su cuerpo grande respondía, adivinándose y descubriéndose como todos los cuerpos de todas las personas en todas las mañanas del mundo, atrapaba mi cabeza con ambas manos, retirándola de allí para atraerla hasta su cara, obligándome a mirarle con los ojos grandes que han visto cosas desconocidas, él con su cara de hombre me miraba como si fuese la primera vez que me veía, con los labios muy juntos de quien arde en deseos de golpear ese pequeño cuerpo, esa cabeza y esa cara que se tiene entre las manos, esa mujer o ese pez entrometido, ladrón de sueños, usurpador de vidas. Y solo con él aceptaba y permanecía quieta esperando cualquier cosa, pero esperando y temblando como una hoja seca, terriblemente agotada y ansiosa de que algo muy grande ocurriera entre mi cara y la de él, perdida ya completamente en ese abismo de puertas, vértigos, jugos y respiración que yo misma había provocado. Eso también solo podía ser con él, como tantas otras cosas, y permitía convertirme en un muñeco pequeño, en una niña de trapo ingenua y agotada, y mis muslos se abrían, y unas manos grandes jugaban conmigo, que ahora podía ver el techo y después las sábanas, todas y cada una de las formas me permitía experimentar, todos los rincones y las esquinas de mi cuerpo abiertas en este juego, exhausta como un pez muerto, atravesando más puertas y más océanos esta muñeca pequeña, sintiendo ese otro cuerpo pesado en todas las preposiciones que tienen cabida en un diccionario, contra, de, hacia, para, mediante, eso solo podía ser con él, dejarme arañar y tirar del pelo, dejarle entrar de esa forma, como un salvaje o un perro a través de mí para llegar allí, al otro lado, a ese mundo sin suelo, el lado de los locos o de los cuerdos, de los amantes y cadáveres, llorando de rabia y de placer con esa bestia encima devorando al pez pequeño, a la muñeca, a la mujer, a ese fragmento de nada que había quedado después de tanto nado y tanto sueño. Era solo con él, y cuando todo acababa, cuando todo por fin había acabado, yo ya no tenía ojos y lo miraba con las cuencas vacías, y él ya no tenía boca y me besaba con las manos, se habían desdibujado ya las siluetas, nos habíamos quedado en otro mundo, y solo podíamos mirarnos, yo llorando sin ojos y él besándome las lágrimas con los dedos llenos de sal, como dos dibujos rotos que se han quedado colgados y que vuelven poco a poco a este lado, el acá de los peces y las niñas, más o menos realidad.

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