Me gusta cuando hablas, cuando te siento presente, cuando se atascan las palabras en tu garganta, como si no pudieran atravesar el túnel que conduce de tu entraña hasta tu boca, como si se atropellaran porque son muchas, porque son tantas.
Me gusta mucho cuando hablas porque te quejas, y pides ayuda, y vuelves a pedirla si nadie te escucha, y si necesitas algo no juegas a adivinanzas.
Me encanta cuando hablas y me llevas la contraria, y te entrometes y me señalas, y lo haces con cariño y sin rabia, pero con firmeza porque sabes que calladita, no.
A nosotros no nos ha pasado lo de ser una familia como las de los cuentos, las canciones y los antepasados.
No nos pasó.
A nosotros no nos pasaron las hipotecas, el perro de raza, la manta y el sofá, los domingos con asado.
No nos ha pasado.
A nosotros nos pasó la hija, el crecimiento, a menudo el enfado, la paciencia, las ganas de ver feliz al otro, el equipo, el sentir que nada fue perdido y que todo está ganado.
Nos pasa un amor muy grande, una amistad muy bella, una admiración profunda, un entusiasmo entregado.
Era tan fácil repartir amor como guardarlo en la profundidad del alma herida, inquieta y desconfiada.
Era tan fácil devolver la sonrisa como sucumbir al enfado ancestral heredado de todas las mujeres de todos lo arboles genealógicos de todos los sistemas familiares dormidos en la espalda.
Era tan fácil injuriar y rechazar el abismo, el problema, el mal rato, como aceptar el momento, el camino, la enseñanza, la pena.
Era tan fácil el miedo como el amor. Era tan fácil la muerte como la vida. Era tan fácil la queja como el perdón. Era tan fácil amar. Era tan fácil la paz. Era tan fácil curar la herida. Era tan fácil cambiar de escena.
Un día un pastor quiso violar a la niña tan pequeña que yo era aprovechando el descuido de un adulto y comprendí que tendría que entrenar bien las piernas para salir corriendo más de una vez.
En una ocasión sonreí a un tipo en un tranvía, y cuando quise darme cuenta tenía su mano dentro de mis falda. La vergüenza tan grande que sentí me hizo entender que en la jungla eran confusas la simpatía y la seducción.
Una tarde muy lejana un loco se acercó de frente, me tocó las tetas y se fue corriendo. Me sentí tan vulnerable que comprendí que tendría que luchar toda la vida para hacer de mi cuerpo un templo.
Una vez un familiar intentó besarme en la boca cuando nos dejaron solos y descubrí que los besos podían ser la entrada a un túnel muy oscuro y muy sórdido.
Cuando mi hija tenía diez años la miré a los ojos y le pedí que me prometiera que nunca aceptaría una caricia no permitida, no deseada, no solicitada, no pretendida.
Le prometí que si yo estaba delante, nunca tendría que besar a nadie por compromiso, nunca tendría que abrazar sin ganas, nunca tendría que dejarse tocar el pelo en el ascensor si no le apetecía.
Le dije que no tenía la obligación de besar a ese señor tan simpático que es vecino o abuelo de alguien.
Le conté lo de recibir un billete de veinte euros por ser una niña simpática para comprarte algo.
Sobrevolamos el argumento de tener que sonreír para quedar bien, para no decepcionar.
Destrozamos la teoría de que a una mujer se la quiere más si es más buena.
Y le dije que aquí, entre ella y yo, establecíamos un canal dorado donde poder narrar los latidos más íntimos o vergonzosos de nuestro corazón.
Le juré que intentaría que no aparecieran pastores lobos en su vida pero que, si llegaban, se lanzara sin miedo por nuestro tobogán creado de oro y de luz. Le prometí que allí, al final del viaje, siempre le esperarían mis brazos abiertos y una sola sentencia:
De tu maestría vital
hablan hoy las plantas
en el patio encendido
que te ha visto crecer.
Recuerdo tu faldita
larga y blanca
colgando de la higuera
mientras sentada en su tronco
leías cuentos
de dragones y de ciervos.
Recuerdo tu destiempo
al nacer
y tu tiempo creciendo.
Recuerdo tus espectáculos
caseros
y los caracoles en el suelo
que amontonabas con cuidado
para que nadie los pudiera pisar.
Te recuerdo, Maga,
entrando en la vida frente
al mar,
saliendo de tu madre en
una habitación de hospital
que para mí siempre será
el cielo.
Recuerdo a una niña
sonriente que hablaba
sin parar
en el asiento trasero infantil
de mi bicicleta oxidada.
Recuerdo tu paciencia
y tu talante,
tu bondad,
tu sinceridad
y tu aguante
cuando el cansancio
de los ritmos modernos
hacía huella en mí,
tu madre.
No me debes nada,
Maga.
Todo te debo.
Que la vida te devuelva
la paz que escribiste en mí
grabada en fuego.
Agarra esos dieciséis
y vuela libre.
Yo aquí te espero.
Yo no me salvé en la luz.
Yo me salvé en la más oscura de las sombras,
en el túnel infausto del alma,
allí donde la misera es tan profunda
y tan espesa
que te embarra de la cabeza a los pies.
No fue en la luz.
Fue en el negro abismo.
Yo no me salvé en la luz.
Yo me salvé en la lúgubre habitación,
opaca y desierta,
que era mi entraña.
Me asomé al pozo velado
de mi corazón apagado
y exhausto,
me quité el vestido,
me solté el pelo
y salté.
Allí, en el foso atezado
de mi existencia,
lleno de ratas,
donde yacían todos los secretos
que había amontonado
como animales infectos.
Allí donde se escondía la semilla
de la vergüenza y la culpa.
Allí donde dormía lo más pecaminoso
de mi decencia.
Allí me salvé yo.
Yo no me salvé en la luz.
Yo me salvé abrazada a mi oscura conciencia.
¿Dónde te salvaste tú?
Yo digo Alma.
Donde otros nombran la enfermedad
yo digo Alma.
Alma.
Yo digo Alma cuando
el adolescente no encuentra el nombre
para su vacío,
cuando la madre desamparada
llora con su bebé en brazos
porque los libros no decían la verdad,
cuando un hombre se arrodilla
extenuado ante una sociedad
que solo lo acepta fuerte y enajenado.
Alma.
Yo digo Alma donde el anciano
se pierde cuando se sienta
en un banco a esperar lo que no existe,
lo que nadie sabe nombrar.
Yo digo Alma.
Yo digo alma y entrega cuando
la vida duele.
Yo digo abdicación.
Bajar las armas y abrazar ese dolor
con toda el alma.
La puerta de salida está en la rendición.
Yo digo Alma.
Era tan fácil repartir
amor
como guardarlo
en la profundidad del alma
herida,
inquieta
y desconfiada.
Era tan fácil devolver
la sonrisa
como sucumbir al enfado
ancestral
heredado
de todas las mujeres
de todos lo arboles genealógicos
de todos los sistemas familiares
dormidos en la espalda.
Era tan fácil injuriar y rechazar
el abismo, el problema,
el mal rato,
como aceptar el momento,
el camino, la enseñanza,
la pena.
Era tan fácil el miedo como el amor.
Era tan fácil la muerte como la vida.
Era tan fácil la queja como el perdón.
Era tan fácil amar.
Era tan fácil la paz.
Era tan fácil curar la herida.
Era tan fácil cambiar de escena.