Poesía de puchero

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Me atravesó tu recuerdo
en el coche
como sólo saben atravesar
las grandezas más sublimes:
en silencio y a destiempo.
Pisas el embrague,
reduces a tercera,
y un recuerdo te atraviesa.
Remueves el guiso,
añades una pizca de sal,
y un recuerdo te atraviesa.
Te colocas las bragas,
ese elástico molesto,
y un recuerdo te atraviesa.
La lavadora, una planta,
el camión de la basura,
un simple gesto,
una manzana prohibida,
la mirada de un perro,
el olor del mar,
la cafetera vacía,
el ruido de la cisterna,
esa hermosa delgadez que exhibe
el hilo dental
tan parecida a tu cuerpo (…).
Me atravesó tu recuerdo,
bandido,
y no lo pude evitar
(ni quiero).

Coplilla de la indecisión

La imagen puede contener: planta, flor, naturaleza y exterior

Siempre que meto la mano
en el saco del amor
sale la bolita errada.
El amor romántico me esquiva
y cuando nos encontramos
saltamos a la deriva
sin saber adonde vamos.
No hay rumbo en mi corazón.
Si permito un hombre en casa
al tercer o cuarto día
lo etiqueto de invasor.
Si pago las facturas
sola,
si sobra medio colchón
o si el silencio me agobia,
me apetece un buen vikingo
que me cocine salado
y me devore
a deshoras.
Veintinueves de febrero
quiero soltería y vuelos.
Años de sequía y bisiestos
quiero casa, hijos y boda.
En el bombo del olvido
y el sorteo del amor,
para tanta indecisión
no existe bola.
❤️
❤️
Fotografía de Jordi Toset,

Auspicium orbis

La imagen puede contener: una o varias personas, calzado e interior
Estuve pensando
en ir a vivir contigo
pero no quería
erosionar
la chispa
del café con leche
a solas,
ni transitar
el pecado prohibido
del sexo
como juego habitual.
Me dio repelús
la siesta
tú y yo en silencio,
la distancia en la mesa,
las facturas conjuntas,
el bidé,
la nevera,
la mirada perdida,
el polo norte del sofá.
Me acobardó
la rutina,
la desgana,
la mañana,
la propina
de un polvo
a la semana
sin voluntad.
Fui cobarde y me quedé conmigo.
Fui valiente y te dejé marchar.

Mar adentro

La imagen puede contener: una persona
El abismo estaba
ahí dentro.
Por eso, cuando
nos obligaron
a confinarnos
en cuatro paredes,
nos hundieron.
No había más bar
que la cabeza
ni más droga
que el pensamiento.
Lejos quedaban las reuniones
sin sentido,
las conversaciones vacías,
los polvos sin amor,
los excels pueriles,
los viajes en metro.
Sin gintonic,
sin tabaco
ni anestesias
sin madrid-barça,
sin perro,
temblábamos en un sofá
asomados al abismo
que llevamos por dentro.
*
*

Fotografía:

Vanessa Miralles  –  #interiors

El ahora del ayer

La imagen puede contener: 2 personas, exterior
Quería haberme quedado
acurrucada en el nido
como un ovillo de luz
donde no hay
duelo ni olvido.
Quería el olor del café
y la teta mañanera
y esa dulce sensación
de que no existía pasado
ni futuro,
ni después,
tan sólo ahora.
Ahora.
El ahora del ayer
era más fácil.
Plácido.
Era inocente como
un domingo sin sol,
como un chocolate caliente,
como el barquito chiquitito
perdido
en aquella canción.
El ahora de hoy es diferente
pero mamá está presente,
centinela contundente
velando a pie de cañón.

Confinamientos

confinamientos
He estado en confinamientos
peores,
Algunos dentro de mi cabeza
en pleno mes de agosto,
otros encerrada
en los brazos del olvido
o abocada a resistir
malquerida,
malparida,
malherida,
malpensante.
He estado en confinamientos
peores,
en guerras paralelas,
en batallas interiores
imposibles de ganar
porque la enemiga era
yo esposa,
yo hija,
yo hermana,
yo señora,
yo madre.
He estado en agujeros más
negros,
en pozos más oscuros
donde ni siquiera podía moverme,
he sentido el barro en mis pies
y el fuego en mi cabeza.
He estado mil veces
a punto de caer,
de claudicar ante
el mal de vida,
el mal del cuerpo,
el mal del alma
el mar de amores.
Siempre en la cuerda floja,
siempre en el borde.
He estado en confinamientos
peores.
*
Fotografía: Vanessa Miralles.

El estanque dorado

dia de la poesía
(…) Y la gente se quedó en casa
juzgando al vecino,
criticando al prójimo,
odiando a los perros,
sintiéndose fervientemente
solidaria
porque esta vez la tragedia
había atacado al hombre blanco
occidental.
Y siguieron dando la espalda
al mar,
y a la calle,
y a los muertos de los otros,
y a las pandemias
de continentes lejanos
como siempre habían hecho.
Y allí, desde sus salones
desinfectados de virus
y de humildad,
se sintieron hermanos
y peces del mismo banco,
y aplaudían sin cesar
desde el estanque dorado
y ficticeo
que incluía sólo a unos cuantos.
Y poco más.
*
*Poema escrito en alguna reencarnación que tuve en una pandemia, allá por el año 1700 AC.