Pobre Neruda

Me gusta cuando hablas,
cuando te siento presente,
cuando se atascan las palabras
en tu garganta,
como si no pudieran
atravesar
el túnel que conduce
de tu entraña hasta tu boca,
como si se atropellaran
porque son muchas,
porque son tantas.

Me gusta mucho cuando hablas
porque te quejas,
y pides ayuda,
y vuelves a pedirla
si nadie te escucha,
y si necesitas algo
no juegas a adivinanzas.

Me encanta cuando hablas
y me llevas la contraria,
y te entrometes
y me señalas,
y lo haces con cariño
y sin rabia,
pero con firmeza
porque sabes que calladita, no.

Calladita tú no estás más guapa.

Que Neruda era un idiota.
Y tú eres muy sabia.

*
Imagen: Lucía Lacurcia.

Mamá y papá (II)

A nosotros 
no nos ha pasado
lo de ser una familia
como las de los
cuentos,
las canciones
y los antepasados.

No nos pasó.

A nosotros
no nos pasaron
las hipotecas,
el perro de raza,
la manta y el sofá,
los domingos
con asado.

No nos ha pasado.

A nosotros
nos pasó la hija,
el crecimiento,
a menudo el enfado,
la paciencia,
las ganas de ver feliz al otro,
el equipo,
el sentir que nada
fue perdido
y que todo está ganado.

Nos pasa un amor
muy grande,
una amistad
muy bella,
una admiración profunda,
un entusiasmo entregado.

Somos
mamá y papá,
juntos o separados.

Amor felino

Tener a un adolescente en casa
como se tiene a un gato.

Acariciarlo cuando cocinas
y se acerca.

Dejarlo acurrucarse en su habitación
sin oídos ni ronroneos.

Respetar su mundo.

Observarlo de cerca sin que te vea.

Escuchar.
Escuchar con atención como se
escucha a un niño que se disfraza de
adulto por carnaval.

Mirarlo bien.
Detrás de esos ojos de gato
se esconde un universo que solo comparte
con otros gatos como él.

Quererlo.
Quererlo mucho a pesar de los ovillos
de ropa sobre la cama.
Del desastre de la ducha.
De las luces encendidas.
De las pantallas.

Querer al gato como a un guerrero
duro, fuerte y decidido
que no quiere confesarle a nadie
que un pétalo de rosa recubre su corazón.

*
Imagen: Lucía Lacurcia.

Más amor

Era tan fácil repartir
amor
como guardarlo
en la profundidad del alma
herida,
inquieta
y desconfiada.

Era tan fácil devolver
la sonrisa
como sucumbir al enfado
ancestral
heredado
de todas las mujeres
de todos lo arboles genealógicos
de todos los sistemas familiares
dormidos en la espalda.

Era tan fácil injuriar y rechazar
el abismo,
el problema,
el mal rato,
como aceptar el momento,
el camino,
la enseñanza,
la pena.

Era tan fácil el miedo como el amor.
Era tan fácil la muerte como la vida.
Era tan fácil la queja como el perdón.
Era tan fácil amar.
Era tan fácil la paz.
Era tan fácil curar la herida.
Era tan fácil cambiar de escena.

*
Imagen: Lucía Lacurcia.

Diecisiete

Amarte.
Por linda,
por generosa,
por empática
y veraz.

Amarte mucho.
Con el desorden de la ducha,
con los platos embarrados,
con tu silencio a destiempo,
con esa repentina seriedad.

Amarte siempre.
En las risas y en los viajes,
en el dolor y la enfermedad,
en la alegría diaria,
en la luz y en la oscuridad.

Amarte por, con, en y ante.
Por tu frescura, mi vida.
Con mi madurez, tu esencia.
En tu belleza, mi espejo.

Ante tu adolescencia, mi persistencia.

*
Imagen: Lucía Lacurcia.

No has sido tú

Un día un pastor quiso violar
a la niña tan pequeña que yo era
aprovechando el descuido de un adulto
y comprendí que tendría que entrenar bien las piernas
para salir corriendo más de una vez.


En una ocasión sonreí a un tipo en un tranvía,
y cuando quise darme cuenta
tenía su mano dentro de mis falda.
La vergüenza tan grande que sentí
me hizo entender que en la jungla
eran confusas la simpatía y la seducción.


Una tarde muy lejana un loco se acercó de frente,
me tocó las tetas
y se fue corriendo.
Me sentí tan vulnerable
que comprendí
que tendría que luchar toda la vida
para hacer de mi cuerpo un templo.


Una vez un familiar intentó
besarme en la boca cuando nos dejaron solos
y descubrí que los besos podían ser la entrada
a un túnel muy oscuro y muy sórdido.


Cuando mi hija tenía diez años la miré a los ojos
y le pedí que me prometiera
que nunca aceptaría una caricia no permitida,
no deseada,
no solicitada,
no pretendida.


Le prometí que si yo estaba delante,
nunca tendría que besar a nadie por compromiso,
nunca tendría que abrazar
sin ganas,
nunca tendría que dejarse tocar el pelo
en el ascensor si no le apetecía.


Le dije que no tenía la obligación de besar a ese señor
tan simpático que es vecino
o abuelo de alguien.


Le conté lo de recibir un billete de veinte euros
por ser una niña simpática para comprarte algo.


Sobrevolamos el argumento de tener que sonreír para quedar bien,
para no decepcionar.


Destrozamos la teoría de que a una mujer se la quiere más
si es más buena.


Y le dije que aquí, entre ella y yo,
establecíamos un canal dorado
donde poder narrar los latidos
más íntimos o vergonzosos de nuestro corazón.


Le juré que intentaría que no aparecieran pastores lobos
en su vida pero que,
si llegaban,
se lanzara sin miedo por nuestro tobogán creado
de oro y de luz.
Le prometí que allí,
al final del viaje,
siempre le esperarían mis brazos abiertos
y una sola sentencia:


No, hija querida, no has sido tú.
 
 
 

Los dieciséis de la Maga

De tu maestría vital
hablan hoy las plantas
en el patio encendido 
que te ha visto crecer.

Recuerdo tu faldita
larga y blanca
colgando de la higuera
mientras sentada en su tronco 
leías cuentos
de dragones y de ciervos.

Recuerdo tu destiempo
al nacer
y tu tiempo creciendo.

Recuerdo tus espectáculos
caseros
y los caracoles en el suelo
que amontonabas con cuidado
para que nadie los pudiera pisar.

Te recuerdo, Maga,
entrando en la vida frente 
al mar,
saliendo de tu madre en
una habitación de hospital
que para mí siempre será
el cielo.

Recuerdo a una niña
sonriente que hablaba
sin parar
en el asiento trasero infantil
de mi bicicleta oxidada.

Recuerdo tu paciencia
y tu talante,
tu bondad, 
tu sinceridad
y tu aguante
cuando el cansancio
de los ritmos modernos
hacía huella en mí,
tu madre.

No me debes nada,
Maga.
Todo te debo.

Que la vida te devuelva 
la paz que escribiste en mí
grabada en fuego.

Agarra esos dieciséis
y vuela libre.

Yo aquí te espero.

Oscura decencia

Yo no me salvé en la luz.
Yo me salvé en la más oscura de las sombras,
en el túnel infausto del alma,
allí donde la misera es tan profunda
y tan espesa
que te embarra de la cabeza a los pies.

No fue en la luz.
Fue en el negro abismo.

Yo no me salvé en la luz.
Yo me salvé en la lúgubre habitación,
opaca y desierta,
que era mi entraña.

Me asomé al pozo velado
de mi corazón apagado 
y exhausto,
me quité el vestido,
me solté el pelo
y salté.

Allí, en el foso atezado
de mi existencia,
lleno de ratas, 
donde yacían todos los secretos
que había amontonado
como animales infectos.

Allí donde se escondía la semilla
de la vergüenza y la culpa.
Allí donde dormía lo más pecaminoso
de mi decencia.

Allí me salvé yo.

Yo no me salvé en la luz.
Yo me salvé abrazada a mi oscura conciencia.

¿Dónde te salvaste tú?

Donde dije digo

Yo digo Alma.
Donde otros nombran la enfermedad
yo digo Alma.

Alma.

Yo digo Alma cuando
el adolescente no encuentra el nombre
para su vacío,
cuando la madre desamparada
llora con su bebé en brazos
porque los libros no decían la verdad,
cuando un hombre se arrodilla
extenuado ante una sociedad
que solo lo acepta fuerte y enajenado.

Alma.

Yo digo Alma donde el anciano
se pierde cuando se sienta
en un banco a esperar lo que no existe,
lo que nadie sabe nombrar.

Yo digo Alma.

Yo digo alma y entrega cuando
la vida duele.
Yo digo abdicación.
Bajar las armas y abrazar ese dolor 
con toda el alma.
La puerta de salida está en la rendición.

Yo digo Alma.

Más amor

Era tan fácil repartir
amor
como guardarlo
en la profundidad del alma
herida,
inquieta
y desconfiada.

Era tan fácil devolver 
la sonrisa
como sucumbir al enfado
ancestral
heredado
de todas las mujeres
de todos lo arboles genealógicos
de todos los sistemas familiares
dormidos en la espalda.

Era tan fácil injuriar y rechazar
el abismo, el problema,
el mal rato,
como aceptar el momento,
el camino, la enseñanza,
la pena.

Era tan fácil el miedo como el amor.
Era tan fácil la muerte como la vida.
Era tan fácil la queja como el perdón.
Era tan fácil amar.
Era tan fácil la paz.
Era tan fácil curar la herida.
Era tan fácil cambiar de escena.